A veces siento ganas de hablar con mucha gente y poner las cosas en un contexto más sincero. Sin embargo, siempre hay una barrera: hay personas con las que, por más que uno quiera, simplemente no se puede hablar. Por eso mi refugio son los libros. Allí puedo perderme entre personajes que cargan con las mismas dudas que yo, pero, al menos en ese mundo controlado, las piezas se mueven con sentido y el desenlace llega en menos páginas que en la vida real.
Al final, es el tiempo el que pone a cada quien en su lugar. Aunque yo no sea capaz de hablar con muchos, me alegra que ellos hayan alcanzado sus metas, que les vaya bien económicamente y que estén logrando lo que siempre soñaron. Si las va bien espiritualmente, aún mejor. Porqué no hay nada más libre que una persona que logra encontrarse.
Desde mi trinchera solo queda nostalgia. Soy yo hablando conmigo mismo, recordando un mundo que ya no existe. Mi vida es más o menos estable, pero qué triste es ese dolor que te sorprende en la madrugada, justo cuando estás más reflexivo. Te recuerda que lo intentaste todo y, aun así, no se pudo. Quizás el destino nos asigna a cada uno sus propias cargas y batallas para que, algún día, podamos mirar todo como quien observa una pintura o lee un libro, y por fin entendamos el desenlace.
Por ahora, solo puedo recordar con nostalgia, porque ya no puedo hablar con ellos: la distancia, la enfermedad y el paso del tiempo lo impiden. Ya no soy el mismo de hace veinte años. Estoy desgastado, pero aún sigo trabajando, aunque sea a pasos de tortuga, para intentar alcanzar mis sueños. El único límite es el tiempo.
Es curioso: por más que uno intente plasmar un pensamiento con honestidad, quizás alguien al otro lado de la pantalla lo lea con una expresión de asco, como si oliera mercaptano, y piense: «¿Sabes lo que me importa? Absolutamente una mierda».
Pero no se puede ir por la vida arrepentido del pasado. Hay batallas que uno se lleva a la tumba, porque a veces es más fácil. Y así me siento con mucha gente.
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